Lo prometido es deuda, y hablaremos aquí del papel que jugaron las damas de la Edad Media en su relación con el mundo de la caballería. Para comenzar, conviene decir que durante la Edad Media no existió ninguna equivalencia en femenino a lo que suponía el miles christi o caballero. El universo caballeresco era un terreno acotado a los varones y sólo raras excepciones pudieron saltarse el papel asignado a las mujeres. Recuérdese el caso de Juana de Arco, que acabó pagando cara su "intromisión" en el escenario militar. La Virgo Bellatrix de los clásicos, esa doncella guerrera cantada en odas y poemas, era causa de escándalo en la sociedad medieval.
A partir del s. XII el universo masculino de las órdenes de caballería se fue abriendo, siempre con carácter excepcional, a la participación de las mujeres. Pero era una participación más en el ámbito asistencial que en el de las atribuciones guerreras. Las mujeres tenían limitado su papel en las órdenes a las tareas de educación, asistencia a los enfermos y hospitalidad.
A partir del s. XII el universo masculino de las órdenes de caballería se fue abriendo, siempre con carácter excepcional, a la participación de las mujeres. Pero era una participación más en el ámbito asistencial que en el de las atribuciones guerreras. Las mujeres tenían limitado su papel en las órdenes a las tareas de educación, asistencia a los enfermos y hospitalidad.
Incluso las damas de la alta nobleza veían limitada su actividad a la creación de una especie de caballería femenina paralela, las llamadas "cortes de amor", como las que mantuvieron Leonor de Aquitania, la condesa de Champagne o Ermengarda de Narbona. Estas cortes de amor se regían por una serie de ordenanzas y leyes bastantes distantes de los códigos que regulaban la caballería masculina. Las ordenanzas eran una serie de normas que regulaban el comportamiento de los miembros de la citada corte: no divulgar los secretos de los amantes, mostrar siempre cortesía, renegar de los celos y de la lujuria... A eso se podía añadir cualquier norma producto del capricho de la dama que presidía la corte, y que los caballeros que querían pertenecer a ella debían respetar. Era una caballería, diríamos, de salón. La interrelación con el mundo trovadoresco y del amor cortés es evidente.Pero incluso en este escenario, sí existieron órdenes exclusivamente femeninas, si bien es cierto que como producto de hechos singulares. La Orden de las Damas de Tortosa o del Hacha fue fundada en 1149 por Ramón Berenguer IV, conde de Barcelona, como tributo a las mujeres que contribuyeron a la conquista de la ciudad de Tortosa.
La Orden de las Damas de la Banda fue creada por Juan I de Castilla en 1387 con el fin de honrar la memoria de las mujeres que ayudaron a la defensa de Palencia en el asedio a que se vio sometida por las tropas inglesas. Concedió a las mujeres nobles palentinas el privilegio de llevar la banda dorada "como la traían los caballeros de la Orden de la Banda", creada por Alfonso XI en 1332.
En el s. XVII se crearon en el centro y norte de Europa varias órdenes femeninas con un marcado sentido religioso y carácter nobiliario, como la Orden de la Cabeza de Muerto, la Orden del Amaranta, la Orden de las Damas Esclavas de la Virtud, la Orden de las Damas para Honrar a la Cruz y la Orden del Amor al Prójimo. Y hay que irse ya hasta Carlos IV, en el s. XVIII, para encontrar en España la Real Orden de Damas Nobles de María Luisa, creada para recompensar a las damas nobilis que hubieran prestado importantes servicios a la corona. La reina de España ejercía de Gran Maestre. Pero esa es otra historia, que queda fuera de nuestro ámbito.
Volviendo a las labores de las damas en las órdenes militares medievales, su concurso fue fundamental en la atención a los enfermos y cuidado de peregrinos. Para ello se crearon instituciones y comunidades de mujeres con las mismas reglas y patronato que las instituciones masculinas a las que estaban adscritas. Por ejemplo, las Hermanas del Hospital de San Lázaro, dependiente de la Orden de los Caballeros de San Lázaro, cuya misión era atender a los guerreros heridos y que con el tiempo se acabó ocupando de los leprosos -de ahi deriva la palabra "lazareto" para designar una leprosería-, de los enfermos de la piel y del "mal francés".
Las Hermanas Sanjuanistas u Orden de las Hermanas Hospitalarias de San Juan de Jerusalén estaban afiliadas a la Orden de los Hospitalarios de San Juan de Jerusalén. Esta orden, fundada en el hospital de Santa María Magdalena en Jerusalén, atendía al principio a los cuidados de los peregrinos. Se establecieron en España en 1188, en el cenobio de Sijena, fundado por la reina doña Sancha y, posteriormente, en San Carlos de la Rápita. Dedicaban la mayor parte de sus esfuerzos al cuidado de jóvenes de origen noble.Otras órdenes masculinas, como la Orden de Santiago, de la que hablamos en el apunte anterior, admitieron desde el principio a las mujeres, ya que sus integrantes se podían casar. La labor de las damas de la orden, que debían ser de noble condición y acreditar su limpieza de sangre con el correspondiente expediente, se limitaba a la tarea de educar a los hijos de los caballeros. No obstante, excepcionalmente alguna llegó a estar al frente de alguna encomienda. Eran, evidentemente, otros tiempos.


















